La inversión de valores, hace un tiempo, era cuando alguien cambiaba la etiqueta de precios por equivocación… Sinceramente creo que estamos viviendo en una época en la que todo parece estar al revés. Los niños de los años 40, 50 o incluso de los 80 saben muy bien cómo era el trato riguroso de los adultos hacia los menores. Recuerdo muy bien que cuando era niña, bastaba una mirada de mis padres o profesores para sentir que estaba haciendo algo mal. Los valores de aquella época, los años 80, eran dictados por la familia, que nos enseñaba a respetar a los mayores en todos los sentidos. Estas personas educaban y enseñaban lo que estaba bien y lo que estaba mal con rigor, pero aun así con cariño, sin distorsión de los hechos, un niño era un niño. Antes, los padres eran respetados ciegamente, cuando se decía un NO, ese prevalecía aunque nos disgustara, los niños respetaban esa autoridad máxima, el padre y la madre.

El tiempo pasó y con él llegó la era de los padres que trabajan fuera a tiempo completo, incluso los fines de semana. La inversión de valores acabó ganando espacio en las familias modernas y cada día más permitió que pequeños dictadores se manifestaran. La permisividad, que antes eran casos aislados, dio lugar a una epidemia de niños que dictan sus propias voluntades, dueños de su casa. Una generación de pequeñitos que obtuvieron el control casi absoluto de la autoridad del hogar, ocupando el lugar del padre y la madre, y ahora en la escuela quieren pasar por encima de la autoridad de los profesores que enseñan por amor. Vemos en programas útiles como Super Nanny y otros similares la dificultad que algunos padres tienen para retomar el control de la casa y la educación de sus hijos.

¿Pero qué causó semejante inversión de valores? ¿Cuál es el motivo responsable por el cambio de comportamiento en apenas dos décadas? En mi opinión, la culpa que sienten los padres al ausentarse de casa y delegar la educación de sus hijos a cuidadores y ocasionalmente a escuelas de tiempo completo. Con la culpa viene el acto inconsciente de permitir para compensar su ausencia. Hoy, en la era de la televisión por cable, se permite dejar a los niños despiertos hasta la hora que quieran, elegir lo que desean ver en la tele e incluso lo que la familia debe cenar. Otra teoría sobre la inversión de valores es la intervención de leyes y más leyes desacertadas sobre cómo cada padre y madre deben educar a sus hijos. Por supuesto, existen leyes eficientes y necesarias como el código de protección del niño y adolescente, esas deben asegurar los derechos de cada uno de ellos.

En otros tiempos, el profesor era la ley suprema en la escuela; hoy, por cuenta de varias leyes y prohibiciones, se ha vuelto inadecuado llamar la atención a un alumno, pues padres ávidos de justicia atacan a los profesionales que ayudan y enseñan a sus hijos. Esos padres, por la carga horaria excesiva, descargan la culpa de la mala nota en los profesores, eximiéndose de la responsabilidad de vigilar las tareas y el aprendizaje en casa. La inversión de valores llegó a tal punto que gran parte de la sociedad pasó a ver correcto que un menor pueda cometer delitos y salir impune simplemente por ser considerado un niño sin responsabilidades sobre sus actos.

¿Entonces, cómo actuar frente a esta inversión de valores de la sociedad donde todo se ha vuelto permitido? ¿Qué afecta los actos de padres cegados por la necesidad o la comodidad de simplemente delegar la educación de sus hijos a terceros? He notado que cada vez más personas se han dado cuenta de que esta generación, totalmente sustentada en sus voluntades, es perjudicial incluso para ellos mismos. Padres de esta nueva generación, la educación se aprende en casa y no en la escuela. Los valores deben ser transmitidos de padres a hijos y dedicar tiempo en medio de la rutina no es una pérdida de tiempo, sino invertir en la educación y plantar buenas semillas en quienes cuidarán de las futuras generaciones.

Educar no es golpear, es enseñar lo que está bien y lo que es perjudicial. Las drogas, las malas compañías y el sexo deben ser asuntos abordados cuando los padres decidan que ha llegado el momento. Hablar, dialogar es siempre la mejor opción y ciertamente adoptar la imposición de límites para los pequeños. Un niño que escucha un no también es feliz, solo que comprende antes y aprende con mayor naturalidad que no todo lo que queremos es prioridad en la vida. Debemos ayudar y permitir que se conviertan en ciudadanos conscientes de las limitaciones que puedan tener en el futuro.

¡Decir NO también es una prueba de amor!

Por: Patricia Amorim

La Inversión de Valores de los Tiempos Modernos – Segundo Punto de Vista

Oímos de nuestros padres y abuelos sobre el trato que tenían con los suyos, el respeto era evidente, con solo una mirada ya sabían si estaban haciendo algo mal o si debían comportarse mejor. Hoy vemos a hijos mandando, dando órdenes a los padres, tomando decisiones que solo corresponderían a una madre o un padre tomar y ahí comienza todo el problema. Se dan alas a quien todavía debería estar aprendiendo a volar, y nadie podrá luego frenar eso.

Antiguamente, el respeto por los mayores era automático, sucedía de forma natural, llamar a una persona mayor de señor o señora se enseñaba desde la cuna y hoy vemos cada vez más la falta de respeto hacia los ancianos. En épocas pasadas se valoraba la experiencia, los mayores eran portadores de sabiduría, a ellos se les consultaba para resolver todas las cuestiones. Hoy son considerados desechos, la gran mayoría son descartados como si no tuviesen ningún valor, ni siquiera sentimental. Hoy los más jóvenes son los más inteligentes, dueños de la razón o incluso podemos arriesgarnos a decir dueños del mundo, crecen sin límites y creyendo que todo lo pueden.

¿Pero es esto culpa de la generación actual? En mi punto de vista no, la mayor culpa la tienen los padres que no enseñan valores a sus hijos, creyendo en una educación supuestamente diferente y sin reconocer que están criando personas irrespetuosas que les darán el mismo trato en el futuro. Personas sin límites, que se creen dueñas del mundo y, para colmo, reciben el gran apoyo del gobierno que, en vez de ayudar y ofrecer una buena educación, aún pone límites a la educación que debemos dar a nuestros hijos, imponiendo restricciones y reglas para educar.

No estoy a favor de los azotes y mucho menos del maltrato, pero ¿desde cuándo un azote le hace daño a alguien? ¿Cuántos de nosotros fuimos corregidos por nuestras madres cuando hacíamos travesuras y hoy estamos aquí llenos de gratitud por la buena educación que tuvimos? Saber diferenciar agresión de corrección es necesario, y desde el momento en que los niños aprendieron que no pueden ser corregidos por sus padres, que estos tienen límites para ello, se están volviendo cada vez más indisciplinados, pues pueden llamar a la policía, ¿no? ¿Reclamar sus derechos?

En mi época, quienes dictaban mis derechos y mis reglas eran mis padres, y se obedecía con mucho respeto. Hoy en día, el hecho de tener todos los derechos otorgados por las leyes que los protegen hace que hagan lo que quieran y, ¿quién los va a controlar? Lamentablemente, muchos padres desisten de dar una buena educación a sus hijos o simplemente prefieren transferir la responsabilidad a otros. Vemos padres que culpan de la mala educación de sus hijos a los profesores, a la mala enseñanza de las escuelas y olvidan la vieja frase “la educación viene de casa”. Las escuelas sirven para alfabetizar, dar enseñanzas históricas y aumentar el conocimiento de tu hijo, no para enseñar valores ni educarlos.

Las escuelas se han convertido en depósitos de niños de padres ausentes, de padres que no se interesan por lo que ocurre con sus hijos ni en lo que llegarán a ser en el futuro. Es triste ver a un niño crecer sin reglas, sin límites y creyéndose dueño de sí mismo, al fin y al cabo, ¿qué saben de la vida? Nosotros como padres debemos aconsejar, enseñar valores, poner límites y educar a nuestros hijos no solo para nosotros, sino para el mundo. Pues no siempre escucharán un sí en la vida y tendrán que aprender a lidiar con esas situaciones, y es mejor aprender con amor que con el mundo a través del dolor. Hagamos que nuestros hijos sean adultos conscientes y dotados de una buena educación, es así como tendremos un mundo mejor para todos.

Ser padre no es simplemente engendrar y traer al mundo, y dejar que aprendan y conozcan el mundo de forma natural, tenemos el deber de estar a su lado, enseñando y guiando hacia dónde deben ir. Ya que habéis decidido tener hijos, estad preparados para esta gran misión y dejad de delegar y empujar vuestras obligaciones a quienes no tienen ninguna responsabilidad con vuestros hijos. Crea buenos hábitos, educa, ten tiempo para tus hijos, principalmente para una buena conversación y para enseñarles cómo deben actuar y desenvolverse en la vida, aprende a ser un verdadero padre y madre enseñando y transmitiendo buenos valores, de esta forma tendrás a tu lado y dejarás para el mundo personas que realmente aportan valores y marcan la diferencia.

Por: Rosane Gonzalez

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Foto: Spirit-Fire, Sara Ashley, Herald Post