Cuando decidimos tener el segundo hijo, yo tenía en mente que no quería volver a pasar por los dolores y sufrimientos que viví durante el parto natural de mi primera hija, pero aún así quería un parto normal. Sabía de la posibilidad de no poder amamantar debido a una mamoplastia reductora que me había hecho, pero siempre mantuve el pensamiento positivo de al menos intentarlo, al final si no lo lograba existían las fórmulas. En las semanas finales del embarazo, con mucho dolor en la pierna debido a una malformación en mi fémur, estos dolores se hacían cada vez más intensos a medida que el bebé se encajaba y ya no aguantaba más esperar el parto natural, así que decidí hacerme la cesárea con 38 semanas y 4 días.

El bebé estaba bien y según la última ecografía ya tenía más de 3.500 kg y más de 50 cm. Marcamos la cesárea y ese día nunca llegaba, llegué al hospital a las 17 horas, pero mi ángel solo nació a las 21:50 pesando 3.600 kg y midiendo 54 cm, con mucho cabello, pero muy delgadito para lo largo que era. Nació muy bien y fue una emoción enorme ver cuánto se parecía a su hermanita cuando nació. Me llevaron a la habitación y esa noche parecía no terminar nunca, no conseguí dormir y echaba de menos poder tocar a mi bebé y ponerlo al pecho en cuanto nació. La enfermera me pidió que me pusiera de lado para no sentir dolor de espalda después y con mucho esfuerzo lo hice, pero eso no tenía sentido para mí.

Amaneció, vino mi médico y me dijo que todo estaba bien conmigo y que mi bebé era muy sano, me sentí aliviada. Cuando pasaron las 12 horas después del parto la enfermera vino y me pidió que me levantara, en ese momento todo me dio vueltas pero me mantuve firme y quise ducharme, lo hice sola sin problema. Al poco rato trajeron a mi bebé, lo puse al pecho pero no salió nada, él estuvo ahí más o menos una hora succionando y finalmente empezó a llorar de hambre. La enfermera se lo llevó y le dio Aptamil en vasito y dijo que tenía mucha hambre, pues tomó más de lo normal.

Pronto empecé a sentir un dolor de cabeza molesto que no pasaba, pedí un medicamento, lo tomé y dormí un tiempo y cuando desperté y me levanté noté que el dolor era más intenso. Al acostarme se pasaba, entonces la enfermera dijo que sería cefalea post raquídea. Me llevaron al quirófano para sacar sangre de mi brazo y ponerla en la columna, dijeron que con este procedimiento se aliviaría el dolor.

Durante el segundo día no logré amamantar a mi bebé, siempre lo ponía al pecho y nada, eso me fue frustrando. En el tercer día por la mañana, mi médico vino a verme y me dio el alta, ya no sentía dolor en la cabeza y en la herida solo un leve escozor. Nos dieron el alta y regresamos a casa. ¡Pude abrazar a mi hija mayor, cuánta nostalgia de ese olor!

Pero al caer la noche, volvió ese dolor de cabeza y tuve que ir otra vez al hospital para hacerme el procedimiento, me pusieron suero y tuve que pasar casi toda la noche allí, sentía los pechos llenos de leche, pero mi bebé estaba en casa y no pude amamantar en ese período.

Volví a casa de madrugada y el dolor persistía, aquello era terrible y me arrepentí de haber elegido la cesárea, primero porque mi bebé podría haber engordado más y estaría más fuerte al nacer, y en segundo lugar por ese dolor terrible que invadía mi alma y sin duda cambiaría ese dolor por el dolor pasajero del parto natural. A consecuencia de haber pasado tanto tiempo lejos de mi bebé en los primeros días de vida, la cantidad de leche materna no fue suficiente para él, tuvimos que suplementar con fórmula y debido a la introducción del biberón, las tomas del pecho eran seguidas de mucho llanto por la facilidad con la que el biberón le quitaba el hambre. Mi bebé perdió mucho peso en los primeros 15 días de vida, alrededor de 350 gramos.

Hoy pienso que lo mejor es esperar el tiempo del bebé, esperar como esperé en el primer embarazo, pensé que adelantando el nacimiento se resolvería un dolor (el dolor en la pierna por su encaje), pero causé más dolores y nada comparables con el dolor que me llevó a programar la cesárea. Logré amamantar solo hasta los 4 meses y aun así con ayuda de un sacaleches, pues lo extraía y lo ponía en el biberón para que él mamara. Luego supe de métodos para estimular la producción de leche como el uso de la sonda para suplementar al bebé al pecho. Pero incluso ante tantas dificultades y dolores, agradezco a Dios por el ángel que me envió, el perfume que faltaba para completar nuestra felicidad.

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Foto: Archivo Personal