Entre las miles de experiencias que podemos vivir durante el embarazo y el parto, una que nunca deseamos ni esperamos vivir es la negligencia. Yo, con 19 años y embarazada de mi primera hija, sin seguro médico y totalmente desprevenida, sin ningún conocimiento sobre el embarazo ni el parto y mucho menos sobre mis derechos, entré en trabajo de parto y fui llevada al hospital y maternidad pública de mi región.

Ya era la tercera vez que iba a ese lugar, porque llevaba dos semanas sintiendo contracciones y, como no sabía lo que me estaba ocurriendo, y mucho menos tenía a alguien que me explicara o calmara, acababa desesperándome porque me mandaban de vuelta a casa sin mayores explicaciones. Solo decían que aún no era la hora. ¡En mi cartilla de gestante ya marcaba 42 semanas! El tapón mucoso había salido completamente en estas dos últimas semanas y llegué a la maternidad muy asustada y con mucho dolor. Acompañada por mi madre, mi hermana y mi cuñado, hicieron mi ficha para que me examinaran. Estuve alrededor de 40 minutos en la sala de espera y cuando me hicieron pasar, me encontré con una cama completamente sucia de sangre y llena de suciedad que, sinceramente, hasta hoy no consigo identificar qué era. Me asusté y dije que no me acostaría allí, y en ese momento recibí una respuesta seca:

Entonces no tienes tanto dolor, ¡vuelve a la sala de espera!

Así lo hice y me quedé otros 40 minutos sentada en la sala de espera, con dolor, llorando y con miedo de lo que me podría pasar. Mi hermana llamó a la puerta para preguntar por la demora, ya que no había entrado nadie más después de mí y yo seguía en la sala de espera aguardando una consulta que no sucedía. Sin contar con la cantidad de mujeres con dolor que llegaban una tras otra para esperar atención igual que yo.

Desistieron de examinarme y no me hicieron el tacto vaginal, me enviaron al cardiotoco y de esa sala salí con la orden de internación. ¡Listo, un obstáculo más! ¡No había camas disponibles para ingresar! Tras una larga conversación de mi hermana con un enfermero (ni me imagino lo que conversaron) consiguieron una ambulancia para transferirme. En ese momento ya sentía tanto dolor que ya no podía estar sentada y aun así me hicieron trasladarme en una ambulancia sentada y compartiendo espacio con otras dos gestantes.

Cada gestante sería llevada a una maternidad cercana que tuviera camas libres para atendernos. Yo fui la primera en ser dejada. Por suerte me dejaron en una antigua maternidad que atendía por privado, pero abría camas para el SUS en caso de necesidad. Por un instante me alegré, pensé que todo se solucionaría rápido, pero ¡me equivoqué! Por ser paciente del SUS me trataron diferente y me llevaron a una sala aparte, donde había otra gestante gritando de dolor. Al ver a esa mujer, vi que lo que yo sentía no era nada y conseguí calmarme.

Me hicieron quitarme la ropa y ponerme ese horrible camisón blanco y acostarme para hacerme el tacto. Comprobaron que tenía cuatro centímetros de dilatación, por eso decidieron «acelerar» el trabajo de parto para que el proceso fuera más rápido. En ese momento miré el reloj colgado en la pared de la habitación y la aguja marcaba las 6:15 de la mañana. El suero que esa “enfermera simpática” dijo que me pondría, me hizo en cosa de 20 minutos tocar el cielo del dolor que sentí. Tras una hora yo gritaba tanto o más que esa mujer que vi al llegar, solo quería tener a mi madre cerca. Algo que no pude tener, porque según la enfermera, no tenía derecho a acompañante (la ley del acompañante entró en vigor algunos años después).

¡Lloré, grité, rasgué la ropa, clamé y supliqué ayuda! No soportaba más tanto dolor y no sabía qué hacer ni cómo aliviar lo que sentía. Defecaba varias veces de tanto dolor y nadie me daba una sola explicación. Solo mandaban que me levantara e ir a la ducha a lavarme. En una contracción fortísima, por impulso me sujeté a la enfermera, que automáticamente me dio una bofetada, advirtiéndome que no lo hiciera más. Intenté controlarme, lloré en silencio y pedí a Dios que me ayudara…

Ya eran las 15:00 horas cuando supliqué al obstetra que entró para hacerme uno más de los 54814584 tactos que ya me habían hecho que me ayudara, ¡no aguantaba más! Él no me respondió, pero en la puerta avisó a la enfermera que me llevara a la sala de partos. El camino hasta la sala de partos me pareció larguísimo y me hicieron hacerlo caminando. Muerta de miedo de que mi hija se cayera entre las piernas, caminé sujetándome.

Al llegar a la sala de partos, me acomodaron y con un gran espejo frente a mí, pude ver todo. Había dos enfermeros, uno a cada lado, uno insistía en subirse sobre mi barriga con toda la fuerza que tenía, creyendo que empujaría al bebé hacia abajo él solo, y la otra solo Dios sabe lo que hacía, porque sentí tanto dolor con el primero que no podía concentrarme en nada más. En el primer pujo sentí mucho dolor, en el segundo una fuerte quemazón y antes de llegar al tercero, pararon todo y decidieron que debían hacer la episiotomía.

Ya tenía tanto dolor y estaba tan agotada que ni pensé ni me preocupé por lo que sería la episiotomía. No sentí absolutamente nada y solo oí: haz fuerza una vez más. Listo, nació mi hija y yo me desmayé. Me despertó la enfermera llamando mi nombre, ya habían pasado unos minutos y Mel estaba limpia a mi lado. Me llevaron a la sala de partos con 8 centímetros de dilatación y empujaron tanto que la cabeza de Mel parecía un cono, ¡totalmente deformada! Por la gracia de Dios mi hija nació sana, pesando 3.650 kg y 48 cm a través de un parto traumático y que terminó con la bromita del médico dando los puntos de la episiotomía, diciendo que me dejaría virgen otra vez.

Por el trauma, decidí que no tendría más hijos y que nunca más pasaría por esa experiencia. Me sentí violada, destruida, herida por dentro y por fuera y me quitaron el derecho de vivir un momento que debía ser inexplicable para mí. Con total falta de respeto hacia mi cuerpo y mis sentimientos, di a luz. Tras 7 años el deseo de ser madre volvió a aparecer, pero esta vez preparada psicológicamente y con estructura para tener un parto respetuoso. No logré tener otro parto normal, quizá por el miedo, por los traumas, pero tuve la oportunidad de pasar por una cesárea maravillosa, respetuosa y llena de lágrimas de emoción. Sobreviví a un parto en el SUS, ¡pero también tuve la oportunidad de tener un parto respetuoso!

Este parto ocurrió hace 13 años y desde entonces reconozco los cambios en el SUS, incluidas sus leyes y la mejora en la atención, información aportada por amigas que tuvieron partos felices y totalmente respetuosos a través del SUS.

Relato de Parto de Rosane Gonzalez

Véase también: Relato de Parto de Elaine del Blog Mãe de Moleque

Foto: Archivo Personal TF